Ha sido una semana muy difícil, de esas en las que cada segundo se siente pesado, donde el mundo sigue avanzando, pero yo me siento anclado. Te extraño. Te necesito. A mi alrededor, todo se mueve: la gente pasa, los tacones ajenos resuenan en el pavimento, y las penas de los demás se filtran y me hieren, como si solo al rozarme pudiera sentirlas.
Pero si pudiera saber que estás a solo unos kilómetros, si pudiera sentir tu abrazo, o simplemente saberte cerca, sé que todo sería diferente. Me enseñaste a sacudirme el polvo, a encontrar de nuevo la sonrisa, a mirarme al espejo y ver algo de ti en mis ojos. Me bastaba verte, solo verte, y el mundo se calmaba. Como en esa canción que dice: "Si tú fuiste el que me enseñó a pintar, ¿por qué no me hablaste de los grises?"
Al irte, te llevaste esos colores. Ahora, el mundo es un lienzo más opaco, más frío. Y no es lo mismo sin vos, papá. Es darme la vuelta y buscarte sin encontrarte: a tu lado de la torta, en ese acto escolar abrazando a tu nieto. La vida sigue girando, y yo sigo buscando esos momentos en los que corríamos juntos, riéndonos de nuestras propias tonterías, solo de nosotros. Todo era más fácil cuando estabas aquí.





